24 de julio de 2017

HABLEMOS DE LA CLASE TRABAJADORA SIN FANTASÍAS

Por Marat

Hay un tipo de orejeras para caballos, y algunos otros équidos como el asno, que, a pesar, de su nombre, no tapan las orejas ni las enfundan sino los ojos, con el fin de que los insectos no se les cuelen y molesten.

Tomadas como metáforas, las orejeras aplicadas a los humanos serían una especie de condones mentales cuya utilidad es la de que no pongamos jamás en cuestión nuestros propios presupuestos ideológicos ni nuestros cómodos esquemas mentales.

Esas orejeras son comodísimas. Impiden que pensemos en exceso, que digamos inconveniencias, que carguemos con las consecuencias del libre pensamiento y que evitemos que nos explote la cabeza por hacer el esfuerzo absolutamente desacostumbrado de poner en duda cualquiera de nuestras certezas.

De esas orejeras no escapa ni dios. Solo en ocasiones muy contadas se nos caen los palos del sombrajo cuando la realidad desafía a nuestro pensamiento preconcebido, a nuestras construcciones ideológicas del mundo o, expresado en términos marxistas, de nuestra falsa conciencia, de nuestra conciencia deformada de la realidad.

Y ello no siempre sucede por efecto de la ideología dominante; es decir, por aquello de que “Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante” (“La ideología alemana”. Feuerbach. Oposición entre las concepciones materialista e idealista. K. Marx y F. Engels).

La historia nos ha demostrado que, a menudo, dentro de las corrientes emancipadoras de la explotación de los seres humanos por otros seres humanos subsisten falsas percepciones de la realidad, “opiniones”, construcciones “idealistas” que enmascaran la realidad y se sustentan más en el deseo o incluso el autoengaño, que en “el análisis concreto de la realidad concreta”, dicho en términos leninistas.

En definitiva, cuando nuestras ideas sobre el mundo desafían a la realidad estamos ante una mixtificación de ésta, ante una construcción ideológica en el sentido más peyorativo que Marx le daba al concepto, como relación invertida entre nuestras representaciones mentales y esa misma realidad. Y de esas orejeras no han escapado, en buena medida, tampoco quienes se proclaman seguidores de la “teoría de la praxis”, los cuáles sostienen, con harta frecuencia una visión del mundo, cosmovisión les gusta decir, absolutamente idealista.

Vayamos a los hechos a partir de dos ejemplos.

Hay un mito fundacional en la idea del avance progresivo en un sentido histórico, y que arranca en los tiempos modernos de Rousseau, que señala que el hombre es bueno por naturaleza y que es la sociedad la que le corrompe. En consecuencia bastaría con cambiar las instituciones (no solo las políticas sino el conjunto de los organismos públicos o privados creados para realizar una determinada función, cualesquiera que sea ésta) para que se despliegue esa bondad entre el conjunto de los seres humanos, es decir, de la sociedad.

Ese pensamiento, que es judeo-cristiano, en la medida en la que parte de una representación ideal de la persona a imitación de Dios, pues es el primero obra de su creación, es de una simpleza pasmosa pero tiene más seguidores de los que parece. Y olvida que la humanidad, conformada por individuos concretos, es la que crea esas instituciones.

El riesgo de tan ingenua concepción del mundo es caer en el extremo opuesto, planteado un siglo antes por Hobbes (“El Leviathán”), según el cual el hombre es malo por naturaleza y es necesario un poder absoluto para controlar su maldad.

Vuelve a ser un pensamiento tramposo, en este caso por varias razones: justifica la violencia sin límites de grupo concreto desde el poder (en el pasado la monarquía absolutista) sobre el conjunto, exalta, desde una perspectiva moderna, el darwinismo capitalista y tampoco deja de ser una opinión poco fundamentada, excepto que aceptemos una selección interesada de algunas experiencias concretas que no pueden ser elevadas a un rango general por ninguna evidencia científica.

Parece necesario escapar a una visión reduccionista y global en términos morales para explicar la realidad, al menos desde el presente, ya que las explicaciones inmanentes y transhistóricas simplifican de tal modo el análisis que solo perciben aparentes constantes sin ver las líneas ni los elementos de ruptura que expresan las transformaciones sociales.

El ser humano es un producto histórico. Hace y deshace el mundo, destruye creativamente y reconstruye nuevos órdenes sociales más veces a su pesar que por su propia voluntad. Para Lukacs (“Historia y conciencia de clase”) en los momentos decisivos de la lucha “todo depende de la conciencia de clase, de la voluntad consciente del proletariado”. El elemento subjetivo es, para el marxista húngaro, clave.

Pero en tanto que no se produce ese momento ascendente de la historia humana, los trabajadores pueden alcanzar la mayor degradación moral en relación con el el respeto que cada uno de sus miembros se debe a sí mismo y al resto de su clase. No hay un mérito perenne en la misma ni el hecho de que sea la que objetivamente, por su posición en la producción, tiene todos los motivos para rebelarse, y con ello liberar al resto de la humanidad, convierten a sus componentes en modernos Prometeos ni mucho menos.

Durante los cerca de 10 años que ha durado la crisis capitalista, antes de que se iniciara la recuperación de sus beneficios, la clase trabajadora ha soportado con un estoicismo digno de estudio la depauperación de su nivel de vida, el recorte de sus salarios, la destrucción de sus conquistas sociales, la sobreexplotación en sus condiciones de trabajo, la desregulación de sus relaciones contractuales,…. Sus protestas y huelgas no han significado en absoluto un rechazo al capitalismo como régimen bajo el que superviven sus existencias.

Durante el período en el que se han mantenido sin grandes recortes las conquistas sociales, producto de las luchas históricas de sus precedentes, los trabajadores de la segunda mitad del siglo XX han actuado predominantemente como seres pasivos que validaban el pacto social de sus organizaciones mayoritarias, mientras se confortaban dentro del simulacro de una democracia de consumo.

El sujeto histórico no se ha comportado como tal.

Puede argüirse que no ha existido una organización (partidos, ya que la función sindical está básicamente limitada por lo salarial) de la clase realmente revolucionaria pero lo cierto es que la relación entre la clase y sus organizaciones se ha retroalimentado durante cerca de 60 años en el mundo capitalista avanzado. Las organizaciones políticas gestionaban el capitalismo y sus bases sociales aprobaban con sus votos dichas prácticas.
Pero es que, además, sostener la tesis del reformismo como única explicación del aburguesamiento durante este largo período de la clase trabajadora supone asumir el principio antidemocrático de que las transformaciones sociales son obra de las organizaciones, no queriendo entender que aquellas las realiza la clase, y que el papel de sus organizaciones es el de la dirección de ésta, no su sustitución en los procesos de lucha.

La explicación de la alienación como teoría que justifica la dominación ideológica del capital sobre la clase trabajadora no es válida porque no estamos ante términos equivalentes, por mucho que los “izquierdistas” sin formación política los usen como sinónimos. El primero de esos términos se refiere a la enajenación del trabajador respecto al producto de su trabajo, al aislamiento de éste en relación con sus compañeros dentro de la producción (dificultad para crear conciencia de clase explotada) y a la negación del potencial humano del trabajador bajo el sistema de producción del capital. Estamos ante la prohibición del ser humano como creador. Por contra, la dominación ideológica se refiere a todos los aparatos de control y justificación del régimen de explotación laboral a través del mundo de las ideas y los valores (educación, justicia, cultura, religión, Estado como legitimador, medios de comunicación convencionales e Internet como transmisores de la ideología dominante,…)

Quedémonos con el uso ignorante del término alienación y aceptemos que la intención del mismo es la de referirse a los aparatos ideológicos de dominación y la transmisión de sus valores.

Pues bien, por mucho que la dominación ideológica explique gran parte de la falta de conciencia de clase, de la desmovilización de la clase trabajadora y de la aceptación del status quo actua,l no lo explica todo. Nunca lo hizo en otros momentos de la historia y no lo hace ahora.

Es cierto que la derrota que para la clase trabajadora en general y para los comunistas en particular supuso la desaparición de la Unión Soviética, como ejemplo de que era posible construir una sociedad no basada en el beneficio capitalista, provocó un pesimismo profundo y drástico que significó un golpe de gracia para los proyectos colectivos de clase y de carácter emancipador. Ello se plasmó en el abandono de muchos militantes revolucionarios en un contexto de involución ultraliberal mundial, agudizó las tendencias individualistas dentro de la clase trabajadora y la aceptación del discurso general del capital por parte de la misma. Pero su desclasamiento, la autoidentificación de muy amplios sectores de los trabajadores como clase media, avergonzados del rótulo obrero, y su caída en el escapismo de lo banal venía ya de los años 70 del pasado siglo, con rasgos que anunciaban estos hechos desde una década antes.

Los marxistas tendemos a entender todo desde lo social y casi nada desde lo individual. Craso error en el que incurrimos voluntariamente. Psicólogos comunistas como Wilhem Reich o Lev Vygotski fueron estigmatizados por la corriente dominante en aquellos años dentro del comunismo por aquella estupidez de que la psicología es una doctrina burguesa -así, sin distinción de corrientes ni escuelas concretas- y que solo lo que tenía algún anclaje próximo a las ciencias sociales era susceptible de una aproximación a la concepción progresista de la historia. Esa excomunión se hizo en la inmensa mayoría de los casos desde visiones cerradamente ideológicas y un desconocimiento absoluto de las aportaciones que una concepción marxista de lo psicológico podía hacer a la de toma de conciencia de clase, construcción de teoría alternativa al capitalismo y procesos de revolución social, entre otros beneficios. Eso sin contar con la pasarela que entre lo macro y lo micro representa la psicología social.

Sin considerar el elemento individual, por supuesto afectado por la componente social, del mismo modo en el que lo personal afecta a lo colectivo, no se comprenden cuestiones tales como por qué, mientras muchos trabajadores son unos esquiroles ante una huelga general, hay una minoría de ellos que pone en riesgo su libertad, la seguridad de sus empleos o su propio desarrollo profesional, sin ser liberados sindicales, actuando como piquetes. Tampoco es posible entender porqué hay tantos chivatos en una empresa, tanto trabajador que evita comprometerse en un conflicto laboral, mientras algunos de ellos están dispuestos a llegar hasta el final. Del mismo modo, no hay manera de explicar qué lleva a un trabajador que nunca fue políticamente consciente a tomar conciencia sin una influencia externa a él fácilmente atribuible (la organización o el militante como transmisores de esa conciencia). Igualmente no es fácil deducir qué hace que un trabajador posea conciencia crítica, sin ser un militante revolucionario, ni siquiera alguien próximo a ella, y que ello no provenga ni de una experiencia ajena pero próxima (transmisión intergeneracional, grupo de referencia del tipo amistades), mientras la inmensa mayoría se mueve entre el fútbol, la preparación de sus vacaciones de verano, el chascarrillo de la última parida supuestamente graciosa y el ir cada uno a su bola.

Mientras una minoría muy reducida pero cualitativamente más que interesante por sus motivaciones, que incluso no aparece conectada a militancia alguna ni a influencias de la misma, forma parte de un segmento de trabajadores conscientes y comprometidos con la identidad y la conciencia de clase, la gran mayoría de los trabajadores carece de la misma y, en el mejor de los casos, algunos segmentos desclasados se dejan llevar según sople el viento o se vean afectados en su situación inmediata y personal. 

Empieza a ser el momento de desacralizar a la clase trabajadora por parte de los marxistas, a entender que si es la clase que puede cambiar el mundo porque la gran mayoría de los no asalariados está objetivamente comprometida con la supervivencia de un sistema que no le extrae la plusvalía, esto no la hace en absoluto eximible de su papel como aceptadora acrítica de las reglas del juego. Toca ya dejar de justificar su pasividad, su rol como cómplice de su propia esclavitud, más allá de lo duro que es el enfrentarse a su explotación o a la dominación ideológica que se ejerce sobre ella. Si hay hombres y mujeres, no tocados por el mensaje revolucionario, que se rebelan, el comportamiento del resto, la mayoría, carece de justificación porque, seguramente, las condiciones de unos y de otros no sean muy diferentes.

Establecer esa diferencia no significa hacer rangos que diferencien entre "buenos" y "malos", al estilo de Rousseau o de Hobbes. Es hacer una lectura realista sobre la clase trabajadora, sus aspiraciones y comportamientos, las formas de ser de sus componentes y tratar de entender qué hace que tantos tengan la moral del esclavo y otros pocos la de señores (Nietzsche). No hablo de clasismo al señalar la diferencia con los señores sino de autorespeto, por aquello que decía Marx de que “el obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”.

Si las cosas son así, va siendo el momento de virar en algunas cuestiones en relación con la visión de la clase trabajadora y de sus componentes:
  • Separar el hecho de que ninguna otra clase sufre las contradicciones entre la supuesta igualdad y libertad política y el modo en que el capitalismo demuestra que niega ambos de la factualidad de la clase en cada momento.
  • Abandonar el paternalismo que convierte en heroica a determinada clase social en tanto que no existe correspondencia entre ser sujeto histórico y su propia propia práctica.
  • Situar a cada miembro de la clase trabajadora ante su trayectoria de forma que nadie pueda reclamar una solidaridad que se negó a dar a quienes antes la necesitaron, del mismo modo que el trabajador combativo merece un tratamiento especial.
  • Rechazar tanto el asistencialismo, que otorga protección sin intercambio de participación, como los derechos sobrevenidos de quienes quienes jamás formaron parte de la lucha sino que incluso la desprestigiaron. No puede ser que el esquirol, el “apolítico” pro empresarial, el ausente de la lucha, se beneficie de esta. Basta ya de que el sindicalismo represente a todos, incluido al que se opuso a la huelga.
Solo cuando cada trabajador concreto comprenda las consecuencias de su propia posición en el antagonismo de clases (indiferente o contrario a la lucha vs. comprometido, insolidario vs. solidario) y cuando entendamos los marxistas que entre necesidades objetivas y subjetivas hay una distancia enorme que cubrir y que en ella debe reflejarse también la máxima de recibir tanto como lo merecido, será posible ir construyendo una solidaridad y una conciencia interna a la clase que no llegará jamás desde la fe de que alguien tiene derecho a lo que no ha contribuido, porque de chivatos, esquiroles, desclasados e indiferentes vamos sobrados.

EPILOGO: Sin la discusión con quien está llamada a ser una gran comunista, y una persona comprometida con su clase, este texto no hubiera sido espoleado para nacer. Estoy en deuda contigo. Gracias por el debate, aunque llegara a adquirir tintes broncos.  


17 de julio de 2017

HANNAH ARENDT Y SU VISIÓN DEL IMPERIALISMO

Alejandro Teitelbaum. alainet

Hannah Arendt escribió Los orígenes del totalitarismo, obra en tres partes: 1) El antisemitismo; 2) el Imperialismo y 3) El totalitarismo. (Título original: The origins of the totalitarianism Versión española de Guillermo Solana. Grupo Santillana de Ediciones, S.A., 1974,1998. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A. 427 páginas).

Hannah Arendt habla de “La expansión por la expansión” de los imperialistas, lo que no constituye un hallazgo suyo sino que está inspirado en las tautologías heideggerianas como la “cosidad de la cosa” o que “el acontecimiento acontece”.

Pero en el tema del imperialismo prefirió ser más rigurosa y contradecir a Lenin. Escribe Arendt: “El imperialismo debe comprenderse como la primera fase de la dominación política de la burguesía, más que como la última etapa del capitalismo”. No es el lugar para argumentar una evidencia: que “El imperialismo fase superior del capitalismo”…de Lenin conserva plena vigencia y actualidad. Con la frase: “El imperialismo debe comprenderse como la primera fase de la dominación política de la burguesía, más que como la última etapa del capitalismo”, Arendt parece ignorar que el comienzo de la dominación política (y económica) de la burguesía no es un producto del imperialismo sino que puede situarse entre los siglos XVII y XVIII (las revoluciones burguesas) se consolidó con las guerras de conquista coloniales y la explotación de los recursos (humanos y materiales) de las colonias y de los países periféricos.

Y que el imperialismo como “mundialización” de la dominación económica y política del capitalismo monopolista (la reproducción ampliada del capital a escala mundial) es un fenómeno posterior, pues comenzó a manifestarse entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, como sostuvo Lenin, basándose en un estudio riguroso de los hechos y no en una mera especulación.

Pero Arendt no se queda en esta afirmación, manifiestamente contraria a los hechos históricos, y en el Prólogo a la sección de su libro dedicada al imperialismo– claramente inspirada en algunos aspectos de la obra de John Hobson El imperialismo: un estudio, (1902) escribe:

Rara vez pueden ser fechados con tanta precisión los comienzos de un período histórico y raramente fueron tan buenas las posibilidades de los observadores contemporáneos para ser testigos de su preciso final como en el caso de la era imperialista. Porque el imperialismo, que surgió del colonialismo y tuvo su origen en la incongruencia del sistema Nación- Estado con el desarrollo económico e industrial del último tercio del siglo XIX, comenzó su política de la expansión por la expansión no antes de 1884, y esta nueva versión de la política de poder era tan diferente de las conquistas nacionales en las guerras fronterizas como del estilo romano de construcción imperial. Su fin pareció inevitable tras “la liquidación del Imperio de Su Majestad” que Churchill se había negado a “presidir” y se tornó un hecho consumado con la declaración de la independencia india. El hecho de que los británicos liquidaran voluntariamente su dominación colonial sigue siendo uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia del siglo XX. De esa liquidación resultó la imposibilidad de que ninguna nación europea pudiera seguir reteniendo sus posesiones ultramarinas. La única excepción es Portugal, y su extraña capacidad para continuar una lucha a la que han tenido que renunciar todas las demás potencias coloniales europeas puede ser más debida a su atraso nacional que a la dictadura de Salazar; porque no fue sólo la mera debilidad o el cansancio debido a dos asesinas guerras en una sola generación, sino también los escrúpulos morales y las aprensiones políticas de las Naciones-Estados completamente desarrolladas, los que se pronunciaron contra medidas extremas, la introducción de “matanzas administrativas” (A. Carthill) que podían haber destrozado la rebelión no violenta en la India y contra una continuación del “gobierno de las razas sometidas” (lord Cromer) por obra del muy temido efecto de boomerang en las madres patrias. Cuando finalmente Francia, gracias a la entonces todavía intacta autoridad de De Gaulle, se atrevió a renunciar a Argelia, a la que siempre había considerado tan parte de Francia como el département de la Seine, pareció haberse llegado a un punto sin retorno. Cualesquiera que pudieran haber sido los términos de esta esperanza si la guerra caliente contra la Alemania nazi no hubiese sido seguida por la guerra fría entre la Rusia soviética y los Estados Unidos, se siente retrospectivamente la tentación de considerar las dos últimas décadas como el período durante el cual los dos países más poderosos de la Tierra pugnaron por lograr una posición en una lucha competitiva por el predominio en aquellas mismas regiones aproximadamente que habían dominado antes las naciones europeas. De la misma manera, se siente la tentación de considerar a la nueva y difícil distensión entre Rusia y América como el resultado de la aparición de una tercera potencia mundial, China, más que como la sana y natural consecuencia dela destotalitarización de Rusia tras la muerte de Stalin. Y si evoluciones posteriores confirmaran estas incipientes interpretaciones, significaría en términos históricos que hemos vuelto, en una escala enormemente ampliada, al punto en el que comenzamos, es decir, a la era imperialista y a la carrera de colisiones que condujo a la primera guerra mundial. Se ha dicho a menudo que los británicos adquirieron su imperio en un momento de distracción, como consecuencia de tendencias automáticas, aceptando lo que parecía posible y resultaba tentador, más que como resultado de una política deliberada. Si esto es cierto, entonces el camino al infierno puede no estar empedrado de intenciones como las buenas a que alude el proverbio. Y los hechos objetivos que invitan a retornar a las políticas imperialistas son, desde luego, tan fuertes hoy, que uno se inclina a creer mínimamente en la verdad a medias de la declaración, en las vacuas seguridades de buenas intenciones por parte de ambos bandos, de un lado, los “compromisos” americanos con un inviable statu quo de corrupción e incompetencia y, de otro, la jerga seudorrevolucionaria rusa acerca de las guerras de liberación nacional. El proceso de construcción nacional en zonas atrasadas, donde a la ausencia de todos los prerrequisitos para la independencia nacional corresponde un chauvinismo creciente y estéril, ha determinado unos enormes vacíos de poder en los que la competición entre las superpotencias resulta tanto más fiera cuanto que parece definitivamente desechado con el desarrollo de las armas nucleares el enfrentamiento directo”. Los subrayados son nuestros.

Hobson en su obra hace una distinción entre el colonialismo que se aplica a territorios poblados de inmigrantes de la sociedad de origen como es el caso de Australia, Canadá y Nueva Zelandia y el imperialismo “la anexión pura y simple de territorios sin voluntad de integración”, como ocurrió a fines del siglo XIX. Hasta aquí Arendt lo sigue al pie de la letra, que la lleva a hablar de “la expansión por la expansión”. Pero Hobson hizo también un estudio económico del imperialismo y de sus móviles reales, que fueron los intereses financieros y la búsqueda de beneficios y no un simple móvil (¿psicológico?) de “la expansión por la expansión”. El trabajo de Hobson es muy importante para el estudio del imperialismo, pero tiene sus límites, señalados por Lenin en El imperialismo… y por otros autores, por ejemplo el no haber distinguido la ocupación de territorios para la explotación de los recursos naturales y humanos, propio del colonialismo y la exportación de capitales (inversiones) característico del imperialismo. Que hemos llamado más arriba “reproducción ampliada del capital a escala mundial”. Quizás fueron estas limitaciones de Hobson en el análisis del imperialismo y de la economía capitalista en general que lo llevaron, pese a las profundas críticas que hizo al mismo, a proponer para ciertos casos una especie de “buen imperialismo” consistente en que las naciones imperialistas podrían ejercer una suerte de fideicomisos en las naciones “más atrasadas”. Esta idea del “buen imperialismo” parece haber estado en la cabeza de Arendt cuando escribe: … “El proceso de construcción nacional en zonas atrasadas, donde a la ausencia de todos los prerrequisitos para la independencia nacional corresponde un chauvinismo creciente y estéril, ha determinado unos enormes vacíos de poder…” Que habría que llenar con un “buen imperialismo”.

Vale la pena recordar que las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, se han ocupado de crear “enormes vacíos de poder” desintegrando varios países, ahora sumidos en el caos, como son los casos de Irak, Libia, Siria y Afganistán. Arendt habla de “la incongruencia del sistema Nación-Estado con el desarrollo económico e industrial del último tercio del siglo XIX”. Arendt no comprendió la congruencia de un sistema mundial imperialista donde hay Estados-naciones desarrollados que tienden a reproducir sus capitales locales a escala mundial (que así devienen capitales transnacionales), ocupando, dominando, sojuzgando, oprimiendo y explotando a otros pueblos y otros Estados. Contando para ello con su potencial económico, financiero, militar, político e ideológico.

La idea del “buen imperialismo” también parece haber sido adoptada por Arendt cuando escribe que los británicos liquidaran voluntariamente su dominación colonial y… “Cuando finalmente Francia, gracias a la entonces todavía intacta autoridad de De Gaulle, se atrevió a renunciar a Argelia”, de “los escrúpulos morales y las aprensiones políticas de las Naciones-Estados completamente desarrolladas”, de la “jerga seudorrevolucionaria rusa acerca de las guerras de liberación nacional”.

De modo que guiadas por sus “escrúpulos morales” Gran Bretaña liquidó “voluntariamente” su dominación colonial y Francia “renunció” a Argelia, después de cometer reiterados crímenes contra la humanidad, entre ellos las matanzas de Sétif y Guelma el 8 de mayo de 1945 para “celebrar”, la victoria contra el nazismo (entre más de 1000 y 40000 muertos, según las fuentes). Arendt se olvidó de decir también que Francia “renunció” a Indochina después de ser derrotada militarmente en Dien Bien Phu. Para Arendt, las guerras de liberación nacional fueron “jerga revolucionaria rusa”. Todo esto la lleva a formular la tesis de que el “verdadero” imperialismo que subsiste en el tiempo está originado en regímenes totalitarios y no puede tener base de sustentación en el largo plazo en Estados democráticos como, por ejemplo, Estados Unidos. Que la teoría del “buen imperialismo” de las potencias occidentales, llenas de “escrúpulos morales” y de que el imperialismo sólo puede sustentarse en el largo plazo en un régimen totalitario y no puede durar mucho tiempo en una democracia no es, de nuestra parte, una extrapolación abusiva de la obra de Hannah Arendt, lo demuestran los párrafos siguientes del trabajo del conocido ensayista David Harvey “El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión” (http://www.cronicon. net/paginas/ Documentos/No.22. pdf): …

En todos estos casos, el viraje hacia una forma liberal de imperialismo (asociada a una ideología de progreso y a una misión civilizatoria) no resultó de imperativos económicos absolutos sino de la falta de voluntad política de la burguesía para resignar alguno de sus privilegios de clase, bloqueando así la posibilidad de absorber la sobreacumulación mediante la reforma social interna. Actualmente, la fuerte oposición por parte de los propietarios del capital a cualquier política de redistribución o de mejora social interna en EUA no deja otra opción que mirar al exterior para resolver sus dificultades económicas. Este tipo de políticas de clase internas forzaron a muchos poderes europeos a mirar al exterior para resolver sus problemas entre 1884 y 1945, y esto imprimió su particular tonalidad a las formas que adoptó entonces el imperialismo europeo. Muchas figuras liberales e incluso radicales se volvieron imperialistas orgullosos durante estos años, y buena parte del movimiento obrero se persuadió de que debía apoyar el proyecto imperial como un elemento esencial para su bienestar."

Esto requirió, sin embargo, que los intereses burgueses comandaran ampliamente las políticas estatales, los aparatos ideológicos y el poder militar. En mi opinión, Hannah Arendt interpreta este imperialismo eurocéntrico correctamente como “la primera etapa del dominio político de la burguesía y no la última fase del capitalismo”, como había sido descripta por Lenin”.

Y más adelante prosigue Harvey: …

En ausencia de una fuerte revitalización de la acumulación sostenida a través de la reproducción ampliada, esto implicará una profundización de la política de acumulación por desposesión en todo el mundo, con el propósito de evitar la total parálisis del motor de la acumulación. Esta forma alternativa de imperialismo resultará difícilmente aceptable para amplias franjas de la población mundial que han vivido en el marco de (y en algunos casos comenzado a luchar contra) la acumulación por desposesión y las formas depredadoras de capitalismo a las que se han enfrentado durante las últimas décadas. La treta liberal que propone alguien como Cooper es demasiado familiar para los autores postcoloniales como para resultar atractiva. Y el militarismo flagrante que EUA propone de manera creciente, sobre el supuesto de que es la única respuesta posible al terrorismo global, no sólo está lleno de peligros (incluyendo el precedente riesgoso del “ataque preventivo”) sino que también está siendo gradualmente reconocido como una máscara para tratar de sostener una hegemonía amenazada dentro del sistema global. Pero tal vez la pregunta más interesante se refiere a la respuesta dentro de EUA. En este punto, una vez más, Hannah Arendt plantea un contundente argumento: el imperialismo no puede sostenerse por mucho tiempo sin represión activa, o incluso tiranía interna. El daño infligido a las instituciones democráticas internas puede ser sustancial (como lo aprendieron los franceses durante la lucha por la independencia de Argelia). La tradición popular dentro de EUA es anticolonial y antiimperialista y durante las últimas décadas han sido necesarios muchos ardides, cuando no el engaño declarado, para disimular el rol imperial de Norteamérica en el mundo, o al menos para revestirlo de intenciones humanitarias grandilocuentes. No resulta claro que la población estadounidense vaya a apoyar en el largo plazo un giro abierto hacia un imperio militarizado (no más que lo que terminó avalando la guerra de Vietnam)”.

Sin desconocer los méritos de Harvey, se manifiesta en su trabajo una evidente contradicción: por un lado da la razón a Arendt y por el otro su análisis del imperialismo se basa fundamentalmente en el que hizo Lenin, aunque con algunas concesiones al subjetivismo como cuando habla de la falta de voluntad política de la burguesía para resignar alguno de sus privilegios de clase, bloqueando así la posibilidad de absorber la sobreacumulación mediante la reforma social interna. Y cuando da rienda suelta a su imaginación al escribir acerca de que “la tradición popular dentro de EUA es anticolonial y antiimperialista” contradiciéndose con lo que escribió algunos párrafos más arriba: “Muchas figuras liberales e incluso radicales se volvieron imperialistas orgullosos durante estos años, y buena parte del movimiento obrero se persuadió de que debía apoyar el proyecto imperial como un elemento esencial para su bienestar”. Este último es un dato objetivo que corresponde a la realidad del sistema mundial imperialista.

Como lo describió hace algunos años Ronald Mc Kinnon, profesor titular del Departamento de Ciencias Económicas de la Universidad de Stanford, en un artículo publicado en el Boletín del Fondo Monetario Internacional (Fondo Monetario Internacional, Finances et Developpement junio 2001) refiriéndose a cómo una buena parte del pueblo estadounidense vive a expensas del resto del mundo:

Durante el último decenio, el ahorro de las familias (en los Estados Unidos) ha disminuido más de lo que el ahorro público (expresado por los excedentes presupuestarios) ha aumentado en el mismo período. El enorme déficit de la balanza de pagos (exportaciones versus importaciones) de las transacciones corrientes de Estados Unidos, de alrededor de 4,5% del producto nacional bruto de 2000, refleja ese desequilibrio del ahorro. Para financiar un nivel normal de inversión interior –históricamente alrededor del 17% del producto nacional bruto– Estados Unidos ha debido utilizar ampliamente el ahorro del resto del mundo. “Malas” reducciones de impuestos –las que reducen el ahorro público sin estimular el ahorro privado– podrían incrementar esa deuda con el extranjero. Desde hace más de veinte años (es decir desde antes de 1980), Estados Unidos recurre ampliamente a las reservas limitadas del ahorro mundial para sostener su alto nivel de consumo– el de la administración federal en los años 80 y el de las familias en los años 90. Las entradas netas de capitales son actualmente más importantes que en el conjunto de los países en desarrollo. Es así como Estados Unidos, que era acreedor del resto del mundo a comienzos de 1980, se ha convertido en el más grande deudor mundial: unos 2 billones 300 mil millones de dólares en 2000. Los balances de las familias y de las empresas en Estados Unidos muestran el efecto acumulado de los préstamos privados obtenidos en el exterior desde hace diez años. La deuda de las empresas es también muy elevada con relación a su flujo de caja. Sin embargo, no tienen por qué inquietarse. Estados Unidos se encuentra en una situación única y es que disponen de una línea de crédito prácticamente ilimitada, en gran parte en dólares, frente al resto del mundo. Los bancos y otras instituciones financieras de Estados Unidos están relativamente al abrigo de las tasas de cambio: sus activos […] y sus pasivos son en dólares. En cambio, otros países deudores deben acomodarse a las disparidades de las monedas: los pasivos internacionales de sus bancos y de otras empresas son en dólares y sus activos en moneda nacional”.

No hay pues, un “nuevo imperialismo”, sino un imperialismo que se adapta a las circunstancias, entre otras, a las relaciones de fuerzas, pero que mantiene su esencia depredadora, agresiva, militarista, explotadora y totalmente contraria a los derechos fundamentales del ser humano. Por cierto que a la gran mayoría del pueblo estadounidense no le agrada la idea de poner sus muertos en las guerras de agresión. Para evitar tal inconveniente, la doctrina militar estadounidense se ha enriquecido con la estrategia del “cero muerto” (zero killer: ok 1), consistente en evitar el uso de tropas de tierra y recurrir a bombardeos aéreos masivos, perfeccionados con el bombardeo por medio de drones (aviones no tripulados dirigidos electrónicamente –como un videojuego– desde los Estados Unidos), con los consiguientes “daños colaterales”. Consistentes éstos en la destrucción indiscriminada de las infraestructuras civiles y en la masacre, también indiscriminada, de la población del país agredido.

Hannah Arendt, para formular sus tesis, ha debido omitir por completo en su trabajo mencionar la política imperialista de Estados Unidos en América Latina en los últimos 170 años, que incluye anexiones, comenzando por la de una parte de México en 1845, promoción de golpes de Estado para instalar y sostener dictaduras sanguinarias, invasiones armadas, presiones económicas, etc. Y guardar silencio sobre el hecho de que en África en el momento de la descolonización y de los movimientos de liberación nacional surgieron líderes como Patrice Lumumba, Kwame Nkrumah, Amílcar Cabral, Jomo Kenyatta y más tarde Thomas Sankara, que bregaron por una vía independiente para sus pueblos, contraria a los intereses de las ex metrópolis y de sus grandes empresas. Todos ellos fueron derrocados o asesinados, como fueron los casos de Lumumba, Cabral y Sankara, y reemplazados por dirigentes dictatoriales, corruptos y fieles a las grandes potencias neocoloniales. Quizás haya sido también superfluo para Arendt recordar que las potencias europeas, como culminación de las guerras coloniales que emprendieron en África en el siglo XIX, en la Conferencia de Berlín de 1885 se distribuyeron dicho continente como una tierra de nadie, creando fronteras artificiales, y se la redistribuyeron después de la guerra 1914- 1918. Todavía se sufren los resultados de esas fronteras artificiales con las guerras interétnicas, fomentadas por las grandes potencias para seguir saqueando los recursos naturales del continente.

Otras “perlas” de Arendt en su análisis del imperialismo. … “la era del llamado imperialismo del dólar, la versión específicamente americana del imperialismo anterior a la segunda guerra mundial, que fue políticamente la menos peligrosa, está definitivamente superada. Las inversiones privadas –“las actividades de un millar de compañías norteamericanas operando en un centenar de países extranjeros” y “concentradas en los sectores más modernos, más estratégicos y más rápidamente crecientes”-crean muchos problemas políticos aunque no se hallen protegidas por el poder de la nación, pero la ayuda exterior, aunque sea otorgada por razones puramente humanitarias, es política por naturaleza precisamente porque no está motivada por la búsqueda de un beneficio. Se han gastado miles de millones de dólares en eriales políticos y económicos en donde la corrupción y la incompetencia los han hecho desaparecer antes de que se hubiera podido iniciar nada productivo, y este dinero ya no es el capital “superfluo” que no podía ser invertido productiva y beneficiosamente en la patria, sino el fantástico resultado de la pura abundancia que los países ricos, “los que tienen” en comparación con“los que no tienen”, pueden permitirse perder. En otras palabras, el motivo del beneficio, cuya importancia en la política imperialista del pasado llegó a ser sobreestimada frecuentemente, ha desaparecido ahora por completo; sólo los países muy ricos y muy poderosos pueden permitirse soportar las grandes pérdidas que supone el imperialismo”. (Arendt, Los orígenes del totalitarismo. Prólogo a la segunda parte: Imperialismo, pág. 13. Editorial Taurus, 1998). [Los subrayados son nuestros].

Un verdadero himno al carácter humanitario y desinteresado del capital monopolista transnacional y una crítica inmisericorde (por cierto en no pocos casos justificada) en lo que se refiere a los dirigentes corruptos, pero totalmente falsa en cuanto concierne a los pueblos presuntamente “beneficiarios”, víctimas del imperialismo y de sus cómplices locales.

NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG:
Aunque no comparto la tesis de Teitalbaum ni de Mc Kinnon de que sectores de la clase trabajadora norteamericana viven a expensas del resto del mundo porque supone sustentar la idea de que unos trabajadores extraen su plusvalía a otros y no el capital en cada país, lo cierto es que considero muy útil la mayor parte de este texto en la medida en la que contribuye a desenmascarar a esta vocera del capitalismo y del imperialismo (Hanna Arendt), disfrazada de lo contrario, anticomunista visceral y amante del ex nazi Martin Heiddeger. Una de dos, o los progres posmodernos y anticapis de salón son unos ignorantes absolutos o su pasión por Arendt revela que son la quinta columna del capital. O ambas cosas a la vez.


10 de julio de 2017

NO BAJARON DE LOS CERROS A DEFENDER EL PROCESO BOLIVARIANO

Por Marat
El criminal Leopoldo López está ya en libertad. Lo de menos es que este hecho se haya producido por orden del Tribunal Supremo venezolano o por orden del Presidente Nicolás Maduro. Salvo la mayoría parlamentaria de la oposición fascista, la práctica totalidad de los órganos del país habían sido elegidos en su día por parte de la mayoría política bolivariana que se había sustentado en la voluntad transformadora de las clases populares.
El proceso hace mucho que se torció. Importa poco ponerle fechas y hechos concretos. Lejos de construirse auténticos órganos de democracia socialista, se recurrió a la demagogia. Las Comunas, como manifestación de dicho poder nunca fueron otra cosa que declaración de intenciones.
En las empresas, desde PDVSA (la petrolera estatal) hasta las controladas por el ejército, pasando por el Sistema Bolivariano de Comunicación e Información (SiBCI), adscrito al Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información, Minci, o por otras empresas públicas, no se instauró una democracia de base y control de los trabajadores sino una que se instaló una boliburguesía procedente, muchas veces, de sectores absolutamente opuestos a los intereses de las clases populares y que, a la vez que unían sus destinos a la burocracia del sistema político, conspiraban contra el propio proceso bolivariano. En su lugar, mucha manifestación de ardor político y mucha exaltación y culto a la personalidad del líder: algo muy distinto de lo que es la emancipación de los explotados y oprimidos que requieren participación, poder en la base y sentido crítico hacia las desviaciones de los procesos. Amén fue la consigna de entonces.
Frente a la ausencia de construcción de poder popular, de control obrero de la producción, de socialización de las empresas a manos de los trabajadores, de fiscalización por los sectores populares de las instituciones de la mal llamada revolución, lo que se impuso durante los años de los altos precios del petróleo fue la financiación de los servicios públicos y las rentas.
El comandante Chávez, cuando aún había confianza en el modelo bolivariano, fue liberado del golpe de Estado no tanto por sus oficiales y soldados como por los desheredados de los cerros que creían en lo que él representaba. Éste, que nunca fue un marxista ni un revolucionario sino un populista con voluntad socialdemócrata auténtica (no de eso que la pobreza intelectual llama socialdemocracia) intentó acabar con el poder económico de una oligarquía fascista y próxima estratégicamente a los intereses del imperialismo norteamericano. Pero el susto paralizó el intento transformador.
Aún se sostuvo cierta ficción de voluntad transformadora por la movilización social que el carisma del comandante facilitaba a su alrededor pero el proceso, que ya no era proceso, porque nunca tuvo un proyecto decidido hacia el socialismo y la toma, que no ocupación del poder del Estado burgués para destruirlo y crear uno de los sectores populares, estaba ya entonces en vía muerta. El propio PSUV no era sino una amalgama de intereses contrapuestos entre el populismo, el nacionalismo y cierta retórica socialista, incapaz de orientar a la sociedad venezolana.
Cuando llegaron las horas difíciles, descendieron los ingresos del Estado y de la economía, no solo por un sabotaje, la falta de conciencia entre las clases subalternas, educadas no en la socialización del poder sino en la subvención de los servicios, llevó a sectores importantes de los trabajadores y del pueblo venezolanos a extrañarse de unas instituciones que ya no representaban en nada al proyecto original en el que confiaron y por el que pelearon. Cuando no tienes pan has de de dar, al menos, la confianza en que aquello por lo que pides sacrificio a otros les pertenece porque es suyo.
La temprana muerte de Chávez dio paso al más mediocre, pusilánime y pobre intelectualmente de sus posibles sucesores: Nicolás Maduro, un pésimo imitador de las formas y la retórica de Chávez.
Como gobernante demostró su plena incapacidad, como personaje se convirtió en un ser risible al que solo los aduladores profesionales que tenían algo que ganar y poco espacio al que retroceder podían seguir manteniendo.
Dividió al poder bolivariano, enfrentando instituciones del Estado. Permitió que dentro del ejército, que había sido depurado en su día por Chávez, crecieran los sectores reaccionarios, dejó que se dilapidara el capital político chavista por su inacción y su pusilanimidad, se negó a dar un golpe de fuerza, a ilegalizar a los partidos de la MUD y a ejercer una represión revolucionaria decidida y completa contra los sectores fascistas de los poderes económicos, mediáticos e ideológicos, apoyándose en una posición de clase contra clase, ejercida no por la policía del Estado sino por los trabajadores venezolanos. En definitiva, se fue aislando de las corrientes a la izquierda del PSUV y del Estado, como el PCV (sobre el que llegó a planear la sombra de la ilegalización) y otros y se encerró en unas amenazas de matón de barrio sin valor para llevarlas a cabo y en una creciente incapacidad de dirección política, toma de decisiones y sentido de la oportunidad y de la necesidad de actuar.
Los sectores populares desgajados de la propuesta bolivariana no lo hicieron porque apoyasen las protestas de los criminales de la ultraderecha venezolana a sueldo de la vieja oligarquía (no podían  hacerlo, sabedores de cómo esta les despreciaba) sino que simplemente dejaron el vacío en las calles de la fuerza social en que se asentaba el gobierno, mostrando de ese modo su debilidad.  
La revolución que nunca existió y el proceso interrumpido a los pocos años de empezar a andar han muerto con la liberación del criminal más simbólico de toda la ultraderecha venezolana, Leopoldo López, bajo la protección del Papa y de un tipejo infame como Zapatero . A partir de ahora veremos a la burocracia y a la dirigencia bolivariana intentar un pacto contra natura y de última hora, al estilo del que hizo el corrupto Ortega en Nicaragua, con los sectores más reaccionarios de la vieja oligarquía nicaragüense.
Toda revolución tiene su Thermidor cuando no se afirma sobre sí misma, sobre su base social y su proyecto político. Cuando no es revolución, ni siquiera es Thermidor, es simplemente farsa lo que le sucede. El problema es que, aunque sea solo ópera bufa lo que venga tras ella, los sectores populares que estuvieron comprometidos en la lucha por la transformación de Venezuela no pueden pactar. Sobre ellos caerá la represión pero eso a los Maduros y Cabellos les importará muy poco.
Algunos celebramos en este año la revolución de Octubre. La diferencia entre los bolcheviques y los bolivarianos actuales no está simplemente en la comparación imposible entre Lenin y Maduro, ni en la diferencia entre sus tallas intelectuales y políticas, sino en algo fundamental: la voluntad revolucionaria frente al menchevismo de la opereta venezolana, la construcción de un poder popular en en que asentarse frente al negarlo y esperar fidelidad acrítica y la falta de decisión para tomar el poder , en lugar de limitarse a ocuparlo.   

9 de julio de 2017

EN LA TUMBA DE LEOPOLD TREPPER

Michel Warschawski. El porteño

A iniciativa de mi joven amigo, el documentalista Eran Torbiner, fuimos hace unas semanas a recogernos ante las tumbas de Leopold Trepper y de su compañera y cómplice Luba Brojde. Fue precisa toda la habilidad de Eran para encontrar el emplazamiento de sus tumbas en el inmenso cementerio judío de Jerusalén.

El mismo día, aún conmovido, conté a mi hija Talila, una joven cultivada y erudita, lo que acababa de hacer. Talila no había oído nunca hablar ni de Leopold (Leib) Trapper ni de la Orquesta Roja. Inmediatamente he descubierto que para la juventud israelí de su generación el nombre del jefe de la Orquesta Roja no significaba absolutamente nada. Asumo la entera responsabilidad de la falta de transmisión a mis hijos, pero la ignorancia generalizada de su generación -así como, por otra parte, de la que la precede- es un problema de sociedad y un fracaso del sistema educativo israelí. ¿Fracaso? Más bien una opción: un judío comunista que además fue un espía soviético, no es un ejemplo para la juventud israelí.

La Orquesta Roja fue una red de espionaje soviético activa durante la Segunda Guerra Mundial en Francia, Bélgica, Países Bajos y Dinamarca bajo la ocupación nazi, pero también en Berlín, en el corazón del régimen. Está admitido que pocas redes de espionaje fueron tan eficaces como la Orquesta Roja, cuyos agentes habían logrado infiltrarse en la máquina de guerra alemana y recoger así informaciones de primera mano. El Almirante Canaris, jefe del contraespionaje nazi, hizo el balance de los daños provocados por la Orquesta Roja, declarando que “al menos 200 000 soldados sucumbieron como consecuencia de la actividad de la Orquesta Roja”.

Si Stalin y los burócratas de sus servicios de espionaje hubieran tenido más confianza en esta red compuesta esencialmente de judíos internacionalistas (dos características poco apreciadas en Moscú), no habrían tenido que pagar el precio colosal de la invasión alemana en 1941: Trepper y sus amigos habían transmitido a sus jefes la fecha exacta de la Operación Barbarroja, pero en Moscú creyeron que era una operación de intoxicación británica.

La realidad de la Orquesta Roja supera todas las ficciones, incluyendo la evasión de Trepper de las oficinas de la Gestapo, cuando su red fue descubierta. Pero no se trataba de espías clásicos: Trepper y sus camaradas eran en primer lugar militantes comunistas para quienes el antifascismo era visceral, y el hecho de que la mayoría de entre ellos fueran judíos, hacía de su combate una lucha personal contra el nazismo. Esto explica, en parte, la desconfianza que reinaba entre los miembros de la red y los servicios de espionaje de Moscú y los arreglos de cuentas tras la guerra.

En 1945 Trepper fue llamado a Moscú adonde acudió con otros heraldos de la lucha antinazi en el avión personal de Stalin. Pero no fue la medalla de heraldo de la Unión Soviética la que le esperó, sino los calabozos de la siniestra Lubianka, donde pasó diez años. Comparado a los demás que fueron casi todos asesinados, se puede decir que no le salió del todo mal.

Como consecuencia de la ola de antisemitismo en Polonia en 1968, Trepper abandonó su país para ir a Francia, y luego a Israel, donde vivió con Luba en un modesto piso de protección oficial del barrio Kiryat Hayovel de Jerusalén, donde me reuní con él dos veces. En su entierro en 1982 no había más que una docena de personas -vecinos esencialmente- y, evidentemente, ningún representante oficial del Estado de Israel. Eran ha consultado el Waze: no hay ninguna calle con el nombre de Trepper o de la Orquesta Roja. A una quincena de kilómetros de Jerusalén, se ha plantado un bosquecillo con el nombre “La Orquesta Roja”, con estelas con los nombres de algunos de sus miembros.

Trepper, Hillel Katz, Zocha [Yehudith Kafri] y sus compañeros y compañeras son los verdaderos heraldos del pueblo judío en el siglo XX, no Joseph Trumpeldor o Meir Hartzion. Pero, ¿quién les menciona en los medios o en los programas escolares?

NOTA DEL EDITOR DE ESTE BLOG
La historia de Leopold Trepper, Harro Schulze-Boysen, Arvid y Falk Harnack, Mildred Fish Harnack, Hilde Rake, Hans Coppi y tantos héroes de entre sus camaradas comunistas de la Orquesta Roja me impresionaron hondamente hace casi 15 años, cuando la leí por primera vez. Aquella abnegación y sacrificio de revolucionarios y antifascistas me tocó hondamente por su lealtad a la causa por la que tantos de ellos sacrificaron sus vidas. Publicar este texto en blog es un homenaje a todos ellos. 

Sé que algún párrafo del texto molestará a quienes niegan ciertos aspectos de la historia de aquella época tal y como sucedió y que intentan reescribirla. Me niego a mutilarlo porque responde a la realidad de los hechos y porque jamás hice tal cosa. No es propio de comunistas. 

Les dejo el enlace al libro completo de Gilles Perrault, “La Orquesta Roja”. Espero que les emocione y sobrecoja como a mí me sucedió al leerla. Estamos en tiempos en los que carecer de memoria es propio de criminales y de estúpidos.